Ácidos, mota, tachas, música y luces. Espacios abiertos dónde una forma de contracultura se reune para delirar y entusiasmarse: “jipis” de fabricación nacional, forevers, “ravers” y otros bichos raros se juntan bajo las coloridos destellos de la vibrante música que exalta sus sentidos, alrededor de una fogata sicodélica que les brinda un químico calor de hogar.
Vienen a perder la cordura al sonido de una simulación de instrumentos: el sintetizador, la tornamesa los secuenciadores y las computadoras son las cuerdas, los tambores y las trompetas. Vienen a embriagarse de música, ver luces de colores y perder el control, así como pierden el de la televisión entre los cojines del sofá (aunque la mayoría también viene a consumir drogas).
Entre la confusión y el delirio, la fiesta sigue adelante.
Lo que alguna vez fuera un sintetizador monofónico o una grabadora de ocho pistas o una pentium 386 ahora revienta de tecnología musical/digital haciéndo vibrar de colores las neuronas incansables e intoxicadas de los ravers sedientos de estímulos y emoción. Poco a poco los locos se fueron adaptando a la tecnología, y poco a poco fue surgiendo lo que hoy conocemos como música electrónica.
The Beatles, Pink Floyd, Jean Michel Jarre, Depeche Mode, techno, house, industrial, Nortec, progressive.
Los jóvenes (los locos), nos hemos ido apropiando de la música usándola cómo excusa para reunirnos, para conformar nuestras propias sociedades, para reventar juntos y ser diferentes. Ha sido nuestra forma de demostrarle a los “normales” que existe mundo más allá de las baladas románticas y la trova de microbús. Llevamos la música en la ropa, en el bolsillo, en el carro, en la cabeza. La ponemos en las calles, en las casas y en el antro (donde forevers y fresas conviven en armonía).
Nos hemos apropiado de la música haciéndola parte de la vida diaria, de nuestra cultura, de nuestra realidad. Nos hemos apropiado de la música porque la sentimos nuestra, porque la poseemos, porque nos dolería perderla.
Y mientras nuestro rave imaginario sigue, y nuestros loquitos continúan sin saber en dónde están bailando (eso sí, saben que están bailando, y lo bien que se sienten), poco a poco regresamos a la luz del día, finalmente dejando este pequeño cuento, habiendo visitado brevemente la obscuridad musical de los sonidos de la noche, regresando de los tecnodélicos inventos que hoy en día hacen lo que algunos llamamos música.